Antonio Lucio Gil
Para El Adelantado de Segovia
Londres, sábado, 18 de agosto del 2012.
Las Cuentas
Olímpicas 2
El Informe oficial sobre los impactos y el legado de los
Juegos de Londres estará disponible en el año 2015. Debe contemplar,
lógicamente, el principal periodo de influjo de aquéllos, que se ha definido en
12 años: desde que se lanza la candidatura (2002 en el caso londinense) hasta 3
años después de la celebración del evento. No obstante en el año 2013 se
presentará ya un Avance. Tal informe se
está realizando por la Universidad del
Este de Londres (UEL), junto con el Instituto para la Sostenibilidad de Thames
Gateway (TGIfS); ambas reputadas instituciones de investigación y estudio sobre
todos los aspectos de relevancia para el caso. Es importante reseñar que el
Informe se está llevando a cabo por primera vez en unos Juegos de verano,
conforme a un ambicioso cuadro de 120 indicadores (económicos, sociales,
ambientales) diseñado por el COI, tras una década de concienzudos trabajos, bajo
el nombre de OGI (Olymic Games Impact).
Mas, entre tanto se emite tal informe oficial, se han sucedido
otros muchos desde distintos ámbitos económicos, académicos, sociales. El Finantial Times, hace dos semanas, relacionaba los principales estudios generados
en torno a los beneficios económicos del acontecimiento, a cargo de Goldman
Sachs, Lloyds Banking Group (a través de
Oxford Economics), Consensus Economics (a través de Michael Saunders de Citigroup), Office por
Budget Responsability, Royal Bank of
Scotland, Visa, Moody’s y el propio Downing Street. Este último habla de un impulso económico, por mérito de los Juegos, de 13.billones (en sentido
anglosajón, = 13.000 millones) de libras a lo largo de los próximos cuatro años:
2,3 por el turismo, 6 de inversiones extranjeras directas en Reino Unido y el
resto a través de una serie de grandes cumbres económicas a celebrarse en
Londres bajo la estela del evento. Coinciden
en estimaciones tan positivas Lloyds y Visa, ambos
patrocinadores de aquél. El primero prevé globalmente, en varios años, un
rendimiento de 16,5 billones de libras.
Visa, por su parte, calcula 1,37 billones por ejercicio en los próximos años, consiguiéndose
en total un incremento del 3,5% PIB para el año 2015. Por el contrario el
resto de los estudios referidos hablan, en general, de un limitado beneficio: entre un 0 y un 0,3%
del PIB en el tercer trimestre de este año.
Hay una explicación para tan grande diferencia entre unas y otras estimaciones.
Estos últimos estudios se limitan a
considerar los ingresos directos de venta de tickets, turismo durante
los Juegos y gestión del evento. Mientras que los primeros (Gobierno, Visa,
LLoyds) intentan desarrollar un verdadero análisis de coste-beneficios mucho
más amplio, tanto por el lado del “debe” (costes de candidatura y de
administración, seguridad, sacrificio para otros negocios locales, etc.) como
por el del “haber” (impacto dinámico del
empleo temporal en las obras, redes de negocios generadas con ocasión del
evento, beneficios en turismo a largo plazo, efecto de imagen, etc.). No
obstante este ejercicio se presta a tantas interpretaciones y matices (por
ejemplo ¿qué parte de los flujos a largo plazo de obras o de turismo habrían
tenido lugar igualmente sin el evento? ¿Cuáles son los costes de oportunidad ¿)
que tal labor de contraste y balance entre gastos y beneficios es calificada de
“hercúlea” por el propio Finantial Times. “La cuestión es tan ambigua y tan
difícil de evaluar que es muy poco probable llegar a conclusiones mínimamente
objetivas”, con lo que suele suceder que “las promesas de beneficios y legados
acaban perdidas en cálculos presupuestarios” dice Andrew Thornley, profesor de planificación urbana de la London School
of Economics (LSE), con una de las trayectorias más reputadas en la cuestión.
Todo lo anterior nos da una idea de la enorme importancia de
ese primer intento oficial de” Olympic Games Impact” (OGI), auspiciado por el
COI, que se está llevando a cabo con
ocasión de Londres 2012, cuyo avance de resultados tendremos el año que viene,
y su versión final en el 2015.
Ahora bien, en todo este complejo esquema de números sí se
han alcanzado certezas en el análisis de los costes, certezas bastante
incómodas. El sobrecoste medio de los Juegos desde 1976 ronda un 179% respecto
a los presupuestos iníciales; más que
cualquier otra clase de mega-proyectos, incluidas las grandes presas. Así se encargaba
de remarcarlo The Economist en su famoso editorial homenaje a nuestro
paisano el Emperador Theodosius. Para Will Jennings, investigador en riesgos y
mega-eventos, también vinculado a la LSE, ese inquietante desequilibrio se debe a: prejuicios
optimistas en los costes por parte de las candidaturas, omisiones u
ocultaciones por parte de los planificadores, incremento descontrolado de las
especificaciones desde los organismos deportivos, pobre gestión del proyecto,
defectuosa gestión de riesgos y,
destacadamente, fallos en los sistemas
políticos de supervisión.
Con opiniones parecidas, los autores vienen a reconocer,
dolorosamente, que Londres 2012 no es la excepción. Y se hacen eco del estupor
en la Comisión de Cuentas Públicas de la
Cámara de los Comunes al analizar el pasado marzo los presupuestos finales del
proyecto: sobre un incremento de 5,9
billones de libras de gasto público respecto al presupuesto inicial “revisado”
de en torno a 4 (en un momento previo era sólo de 2,3), se sorprende la
Comisión de que no se den suficientes explicaciones acerca de cómo se piensa
gestionar el retorno de parte de los mismos. Se considera textualmente “asombroso (staggering) que la estimación original –del coste de seguridad-
estuviera tan mal hecha”. Se entiende irreconciliable el presupuesto vigente
con los compromisos originales Y recuerda que el presupuesto de la candidatura
no ha seguido la propia Guía del Gobierno para la presupuestación de grandes proyectos, a pesar de que el Departamento de Tesoro fue repetidamente consultado
por aquélla y las cuentas de la
candidatura fueron validadas por todos y cada uno de los departamentos
competentes del Gobierno.
Da la sensación de que,
bajo la comodidad de los consensos institucionales y emotivos que facilitan estos proyectos, se baja el
listón de la exigencia pública a unos niveles muy poco “olímpicos”. Consensos
que suelen afectar a la academia y a la prensa, salvo rarísimas excepciones.
Pero Gran Bretaña es un poco, sólo un poco, distinta en esto. Ya vemos como se
las gastan The Economist o Finantial Times. O como entran a analizar los datos,
de forma implacable, los investigadores
de la LSE y otras Universidades. Todo lo cual nos lleva a preguntarnos: ¿se
acabará arrepintiendo el COI de su apuesta por esta ciudad, y este país?
Pensamos que no. Bien al contrario, debería sentirse reciamente reconfortado
por las críticas, tomándolas como estimulantes desafíos con los que medirse,
aplicándose con pundonor su lema de autosuperación “Citius, Altius,
Fortius”.
PD: Con todo lo anterior,
no hemos hablado en realidad de
qué pasó con aquella “regeneración urbana” del Este, que fue la gran razón de
emprender la apuesta olímpica.
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