lunes, 18 de marzo de 2013

Las Cuentas Olímpicas 1


Antonio Lucio Gil
Para El Adelantado de Segovia
Londres 14 de agosto del 2012


Las Cuentas Olímpicas (1)

Se acabaron los Juegos con un mega-guateque  a los sones de la “rumba” local, para que los atletas se relajaran y despidieran.  La alfombra mágica olímpica se enrolló. Y las preguntas incómodas  aguardan ahí. ¿Ha merecido la pena invertir en  este  evento  9.300 millones de libras, esto es casi 12.000 millones de euros?
El semanario The Economist había dejado en el aire la cuestión en vísperas de que el fuego olímpico inflamara el prodigioso pebetero del estadio de Stratford y el corazón de millones de británicos. Para ello recurrió malévolamente a la figura de un segoviano nacido en Coca, el Emperador Teodosio. Ironizaba  el semanario con una supuesta admiración creciente de los contribuyentes, locales y nacionales,  hacia nuestro paisano, por cuanto a él cabe la “gloria” de ser el responsable, a conciencia, de la estocada y descabello de los Juegos Olímpicos de la Antigüedad. Corría el año 394 de nuestra era; estaba recién clausurada la 293ª Olimpiada y por decreto del emperador se  acababa con 1200 años de continuidad. ¡Qué paradoja  que los segovianos eligiéramos precisamente un pabellón deportivo para rendirle homenaje en su tierra! Cómo se habría recreado nuestro admirado Chesterton en este  detalle! Él que tanto admiraba a España, a la vez  que reivindicaba, convencido, a los “granujas sin tacha”.
 Para los contribuyentes británicos el acontecimiento supone pagar, a través de su Gobierno nacional,  6.200 millones de libras. Los londinenses añaden a ello otros 900 millones más. Por su parte 2.200 millones de libras de la Lotería Nacional, comprada por los mismos contribuyentes, dejarán de destinarse a un buen número de causas sociales para dedicarse a los Juegos. No está por menos preguntarse si procedía el gasto.
Así  lo consideró, lógicamente, el principal responsable de esta aventura olímpica, quien fuera Alcalde de Londres en los primeros años del milenio, Ken Livingston, más conocido como “Red Ken”, por sus posiciones  desafiantemente izquierdistas.  Reconocida por él su ausencia de entusiasmo por los eventos deportivos, toda su justificación para lanzar la candidatura en el año 2003 giraba sobre las bondades económicas y sociales de unos Juegos en el East End de la ciudad, esa zona oscura de Londres, que amén de ser el escenario de los crímenes de Jack el Destripador, cultiva desde siglos las peores condiciones de vida de todo el país. Actualmente  su  población presenta los mayores niveles de desempleo y los menores de formación (un 20 % de los adultos no tiene certificación alguna)  del Reino Unido. La mitad de los niños viven en hogares donde nadie trabaja.  Se  entiende que  durante décadas, Conservadores y Laboristas  no dejaran  de promover  sucesivos proyectos (locales y nacionales) de regeneración de la zona,… con poco éxito, se dice. El propio Livingston contaba con su Plan cuando recibió la visita los dos directivos olímpicos británicos que están en la génesis de todo: Craig Reedie y Simon Clegg. Estos supieron persuadir al alcalde  de que la propuesta que le ponían encima de la mesa encajaba a la perfección con su Plan.  Los Juegos podía ser el vector que permitiera cumplir los sueños redentores del Alcalde. Y era un vector serio. Estaban convencidos que Londres tenía muchas opciones deportivo-corporativas para obtener la confianza del CIO para organizar los primeros Juegos genuinamente europeos tras Barcelona 92 (Atenas 2004 era una deuda ad nominen por el Centenario olímpico): la perseverancia británica con sus tres intentos fallidos previos (a través de Birmingham y Manchester), la deuda moral con los Juegos de la Austeridad del 48, la inspiración de Coubertin en la cultura deportiva de las islas, popular y elitista, etc. Además en la concreta zona del Este que habían identificado, en el bajo valle del río Lea se daba la casualidad que había especio para ubicar de forma compacta el estadio, el centro acuático, el velódromo, un pabellón, pistas de entrenamiento, el centro de prensa  y, por si fuera poco, la mismísima  villa olímpica. A ello se añadía la disponibilidad de un gran intercambiador de transportes.
Convencieron fácilmente al Alcalde de su proyecto. Sin embargo a éste le costó muchísimo convencer al Gobierno nacional sobre el mismo. No está claro aún que le llegara a persuadir. Los zigzageos  de Blair, Brown (Ministro de Hacienda), Tessa Jowell (Ministra de  Cultura y Deporte) y  Alistair Darling (Ministro de Transportes) son en si un cúmulo de lecciones para cualquier país aspirante.  Tampoco logró convencer a una parte importante de la opinión pública, empezando por el semanario The Economist, que no ha cesado en su exigencia de rendición de cuentas.  Y el momento ha llegado.
Si bien sucede, que quien ha acabado al frente del proyecto ha sido un nuevo alcalde, el entrañablemente conservador Boris Johnson, que recomienda a las ciudades aspirantes que no hagan caso de aquellos que se oponen a los Juegos. Y en el gobierno nacional también ha habido cambios. Ahora está David Cameron, que insiste sin parar en que los Juegos van a aportar un sustancial impulso al malogrado PIB británico. Sus estimaciones son de unos 13.000 millones de libras en los próximos años.
¿Se han cumplido o se cumplirán los réditos sociales alegados por laboristas o los beneficios económicos predicados por los conservadores?  (Continuará)
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