Antonio Lucio Gil
Para El Adelantado de
Segovia
Londres 14 de agosto
del 2012
Las Cuentas Olímpicas (1)
Se acabaron los Juegos con un mega-guateque a los sones de la “rumba” local, para que los
atletas se relajaran y despidieran. La
alfombra mágica olímpica se enrolló. Y las preguntas incómodas aguardan ahí. ¿Ha merecido la pena invertir
en este
evento 9.300 millones de libras,
esto es casi 12.000 millones de euros?
El semanario The Economist había dejado en el aire la
cuestión en vísperas de que el fuego olímpico inflamara el prodigioso pebetero
del estadio de Stratford y el corazón de millones de británicos. Para ello
recurrió malévolamente a la figura de un segoviano nacido en Coca, el Emperador
Teodosio. Ironizaba el semanario con una
supuesta admiración creciente de los contribuyentes, locales y nacionales, hacia nuestro paisano, por cuanto a él cabe
la “gloria” de ser el responsable, a conciencia, de la estocada y descabello de
los Juegos Olímpicos de la Antigüedad. Corría el año 394 de nuestra era; estaba
recién clausurada la 293ª Olimpiada y por decreto del emperador se acababa con 1200 años de continuidad. ¡Qué
paradoja que los segovianos eligiéramos
precisamente un pabellón deportivo para rendirle homenaje en su tierra! Cómo se
habría recreado nuestro admirado Chesterton en este detalle! Él que tanto admiraba a España, a la
vez que reivindicaba, convencido, a los
“granujas sin tacha”.
Para los
contribuyentes británicos el acontecimiento supone pagar, a través de su Gobierno
nacional, 6.200 millones de libras. Los
londinenses añaden a ello otros 900 millones más. Por su parte 2.200 millones
de libras de la Lotería Nacional, comprada por los mismos contribuyentes,
dejarán de destinarse a un buen número de causas sociales para dedicarse a los
Juegos. No está por menos preguntarse si procedía el gasto.
Así lo consideró,
lógicamente, el principal responsable de esta aventura olímpica, quien fuera
Alcalde de Londres en los primeros años del milenio, Ken Livingston, más
conocido como “Red Ken”, por sus posiciones desafiantemente izquierdistas. Reconocida por él su ausencia de entusiasmo
por los eventos deportivos, toda su justificación para lanzar la candidatura en
el año 2003 giraba sobre las bondades económicas y sociales de unos Juegos en
el East End de la ciudad, esa zona oscura de Londres, que amén de ser el
escenario de los crímenes de Jack el Destripador, cultiva desde siglos las
peores condiciones de vida de todo el país. Actualmente su población presenta los mayores niveles de
desempleo y los menores de formación (un 20 % de los adultos no tiene
certificación alguna) del Reino Unido. La
mitad de los niños viven en hogares donde nadie trabaja. Se entiende que durante décadas, Conservadores y Laboristas no dejaran
de promover sucesivos proyectos (locales
y nacionales) de regeneración de la zona,… con poco éxito, se dice. El propio
Livingston contaba con su Plan cuando recibió la visita los dos directivos olímpicos
británicos que están en la génesis de todo: Craig Reedie y Simon Clegg. Estos
supieron persuadir al alcalde de que la
propuesta que le ponían encima de la mesa encajaba a la perfección con su Plan.
Los Juegos podía ser el vector que
permitiera cumplir los sueños redentores del Alcalde. Y era un vector serio. Estaban
convencidos que Londres tenía muchas opciones deportivo-corporativas para
obtener la confianza del CIO para organizar los primeros Juegos genuinamente
europeos tras Barcelona 92 (Atenas 2004 era una deuda ad nominen por el Centenario olímpico): la perseverancia británica
con sus tres intentos fallidos previos (a través de Birmingham y Manchester),
la deuda moral con los Juegos de la Austeridad del 48, la inspiración de
Coubertin en la cultura deportiva de las islas, popular y elitista, etc. Además
en la concreta zona del Este que habían identificado, en el bajo valle del río
Lea se daba la casualidad que había especio para ubicar de forma compacta el
estadio, el centro acuático, el velódromo, un pabellón, pistas de
entrenamiento, el centro de prensa y,
por si fuera poco, la mismísima villa
olímpica. A ello se añadía la disponibilidad de un gran intercambiador de
transportes.
Convencieron fácilmente al Alcalde de su proyecto. Sin
embargo a éste le costó muchísimo convencer al Gobierno nacional sobre el mismo.
No está claro aún que le llegara a persuadir. Los zigzageos de Blair, Brown (Ministro de Hacienda), Tessa
Jowell (Ministra de Cultura y Deporte)
y Alistair Darling (Ministro de Transportes)
son en si un cúmulo de lecciones para cualquier país aspirante. Tampoco logró convencer a una parte
importante de la opinión pública, empezando por el semanario The Economist, que
no ha cesado en su exigencia de rendición de cuentas. Y el momento ha llegado.
Si bien sucede, que quien ha acabado al frente del proyecto
ha sido un nuevo alcalde, el entrañablemente conservador Boris Johnson, que
recomienda a las ciudades aspirantes que no hagan caso de aquellos que se
oponen a los Juegos. Y en el gobierno nacional también ha habido cambios. Ahora
está David Cameron, que insiste sin parar en que los Juegos van a aportar un
sustancial impulso al malogrado PIB británico. Sus estimaciones son de unos 13.000
millones de libras en los próximos años.
¿Se han cumplido o se cumplirán los réditos sociales
alegados por laboristas o los beneficios económicos predicados por los
conservadores? (Continuará)
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